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miércoles, 17 de abril de 2013

Todos ganan en el Sky


Retomo una vez más el blog. Lo había dejado para convertirme en comentarista de otro blog mucho mejor (ciclismo2005.blogspot.com), pero ahora que este ha cerrado de manera abrupta, espero poder seguir comentando por aquí.

Estamos en la semana conocida como el tríptico de las Ardenas, en que se celebran la Amstel Gold Race, la Flecha Valona y la Lieja-Bastogne-Lieja, y donde se mezclan clasicómanos con especialistas en grandes vueltas, puesto que son clásicas mucho menos peligrosas que las de pavés y más fáciles de controlar por los equipos, lo que permite a las grandes estrellas del pelotón tener más opciones de victoria y menos riesgos ante eventuales caídas. Así, Gilbert, Sagan o Gerrans luchan contra Contador, los Schleck (cuando estaban) o Chris Froome, que parece ser el último que se ha apuntado a la moda (lo veremos el domingo en Lieja).

Paralelamente, se celebra en Italia el Giro del Trentino, una carrera que en los últimos años ha ganado en importancia y ahora mismo tiene la máxima categoría del UCI Europe Tour y que quizás avance a primera categoría, teniendo en cuenta que en el World Tour hay carreras mucho peores, como el Tour Down Under, el Eneco Tour, el Tour de Polonia o una carrera en China hecha solo para que la UCI gane dinero. Si a eso le sumamos la posible desaparición de la decadente Volta a Catalunya, Trentino está en buena posición para convertirse en una de las carreras más importantes del calendario.

Trento es una de las provincias al norte de Italia que sirve de frontera con Austria, y que en su día fueron una de las posesiones más importantes del Imperio de los Habsburgo. Es conocida en el ciclismo por incluir algunos de los más bellos paisajes de los Alpes Orientales, los conocidos Dolomitas, y en ellos, los puertos más terroríficos del mundo. Así, el Giro del Trentino es una de las carreras más duras del mundo, pero también de las más bellas, ya que se atraviesan fantásticos escenarios de grandes lagos y montañas empinadas.

En los últimos años, y en una tradición muy arraigada en Italia, la organización se empeña en rebuscar en la geografía nuevos puertos, cada vez más duros, para que los pobres ciclistas sufran y sufran. Normalmente, y como ha probado la Vuelta a España, esto hace que las carreras carezcan de lógica y sean simplemente etapas de último puerto, de ir en grupeta hasta los últimos diez kilómetros y luego partirse el cobre bajo la ley del más fuerte. Aún así, dentro de este modelo de ciclismo, en Italia mantienen el gusto por las etapas de largo kilometraje y de impresionantes puertos intermedios, lo que hace que las carreras sean muchas veces menos dolorosas.

Este año en el Trentino no se han ido por las ramas. Cuatro días de competición. El primer día, doble sector (esto creo que tendrá que desaparecer si quieren ser World Tour), etapa corta y crono por equipos. Y después, tres etapas de montaña, dos finales en alto. No hay más. Desde luego, no se han estrujado mucho el cerebro, pero aún así han conseguido una participación espectacular, con los dos últimos campeones del Tour de Francia (Wiggins y Evans)  y dos de los tres últimos vencedores del Giro (los locales -y por tanto, inevitables- Basso y Scarponi). Pese a la presencia de estos dos últimos, ya en franca decadencia, las esperanzas italianas descansan en otros dos corredores, Nibali y Pozzovivo, que ganó la carrera el año pasado, fichó por el AG2R y no ha vuelto a acercarse a nada parecido, aunque ha estado rondado el top 10 en varias carreras World Tour. En otra tradición italiana, muchos locales sólo rinden, o rinden el doble, cuando corren en casa. Situación parecida a la española, por otro lado. Al grupo de italianos favoritos habría que sumar al sorprendente Mauro Santambroglio, uno de esos corredores oscurísimos que se pasó un par de años siendo el guardaespaldas de Evans en el BMC y ahora ha fichado por el Vini Fantini (ese equipo de horrible jersey fosforito) y está volando en todas las carreras italianas que corre, incluyendo una imposible segunda posición en Prati di Tivo (Tirreno-Adriático) solo superado por el monstruo de los pedales Chris Froome.

En el resto de la participación, poco más que destacar. Está el Europcar, que viene con Pierre Rolland, la única estrella que le queda después de que Voeckler se partiera la clavícula en Holanda. El Caja Rural es la única participación española, y viene con casi toda su artillería: Txurruka, Marcos García, Antonio Piedra, Omar Fraile y el portugués Cardoso. Y después, un montón de italianos que ya casi forman parte del folclore, que estarían mejor retirados, como Garzelli, Rebellin, Pellizotti, Sella y alguno más que me dejo. Por último, otra pasión italiana, invitar a equipos exóticos para autoproclamarse pioneros de algo que realmente no tiene ningún interés. En el Trentino están los primeros equipos chinos y sudafricanos de categoría Profesional Continental.

Bueno, en la primera etapa, se formó un grupo de escapados anónimo que llegó a meta con una ventaja de casi siete minutos. Ganó el mejor de todos, el francés de AG2R Maxime Bouet, el único de todos los fugados que pertenecía a un equipo de máxima categoría. Siete minutos quedando tres etapas de montaña es muchísimo tiempo. Por la tarde hubo contrarreloj por equipos de menos de veinte kilómetros. Ganó el Sky, pero Wiggins no pudo recortar ni un minuto, y Bouet perdió el liderato frente a otro de los fugados, el polaco de diecinueve años Josef Cerny, del CCC.

Ayer se disputó la primera llegada en alto, a Vetriolo Terme, una estación de esquí que alberga un precioso paisaje montañoso. Una carretera de montaña de las antiguas, con algunos tramos mejor y otros peor, pero de enorme belleza: largas rectas interrumpidas por curvas de herradura, en un desnivel medio bajo, compensado por unos últimos cinco kilómetros al 9.5%. Antes se subía otro puerto importante, el Lavazé, que permitió coger algo de ventaja a los escapados, el más meritorio de ellos Savini, que se hizo casi toda la etapa él solo y fue neutralizado por un grupo a 20 de meta, antes de que estos fueran engullidos por el pelotón.

Al inicio del puerto ya se llevaban encima 200 kilómetros, que incluían otro puerto exigente. Esto es lo que hace diferente al ciclismo italiano frente al español. Mientras el primero plantea etapas ambiciosas más allá de su puerto final, en España ponemos etapitas de 150 kilómetros con una subida de porcentajes imposibles al final, lo que da como resultado etapas fotocopiadas.

En las primeras rampas, el Liquigas puso ritmo. Es lo único que sabe hacer este equipo cuando su líder es Basso. Poner un ritmo alto para neutralizar las etapas y luego ver como su triste líder se queda cuando hay los primeros ataques. Sin embargo, el equipo Liquigas ya no es el que era. Ha perdido a muchos gregarios, fugados al Astana con Basso, además de Szmyd, que se ha ido al Movistar y de momento permanece anónimo, un clásico del equipo navarro.

Pronto hubo los primeros ataques, formándose un grupo sólido con un ambicioso Rolland, Pirazzi y el bielorruso del Sky Siutsou. Este corredor hizo lo que le enseñan a hacer en su equipo si no eres inglés: tirar. Casi sin pedir relevos, fue haciendo la subida él solo y consiguió una ventaja de medio minuto. Con el paso de los kilómetros, se veía que el bielorruso seguía a lo suyo, mientras que sus dos compañeros de escapada iban casi haciendo la goma. Siutsou fue campeón del mundo sub 23 hace nueve años y durante varios años fue un corredor muy prometedor. Incluso formó parte del Fassa Bortolo, aquel equipo italiano del que salieron Petacchi, Basso, Rumsas y Cancellara, todos ellos de conocida trayectoria. Lo cierto es que pasados sus años de juventud, Siutsou había pasado a ser el rodador del Sky, el hombre que protegía a los líderes y hacía su trabajo de manera anónima. Pero en el Sky da igual cual sea tu condición. Un par de concentraciones de altura y volarás en cualquier terreno. Y lo que hizo Siutsou fue irse cuando y como quiso de sus dos compañeros de escapada, uno de ellos, Rolland, vencedor en Alpe d'Huez y con dos top 10 en el Tour de Francia. Este es el resumen de la temporada. El cuarto o quinto gregario del Sky riéndose a la cara del resto de los corredores.

Por detrás, el Astana se puso a tirar para Nibali. Hasta seis corredores tenía el equipo de Vinokourov delante. El italiano tardó poco en atacar y a su rueda saltó Pozzovivo. Después fueron Wiggins, Santambroglio y Evans, aunque este último a duras penas y terminó cediendo. Estamos en el definitivo año de declive del corredor australiano, voluntarioso, pero incapaz de hacer frente al paso del tiempo. Algo que debería ser normal, por otra parte. Pero raro en el ciclismo actual.

Además de todos esos favoritos (donde Basso y Scarponi ya no estaban), iban también otros dos Astana. Pero no eran Agnoli, Kesiakoff o Tiralongo, corredores expertos, sino Dyachenko y el jovencísimo italiano Fabio Aru, demostrando lo potente de esta escuadra. Pero Nibali siguió acelerando y con él se fueron solo Pozzovivo, Santambroglio y con más problemas o más tranquilidad, Bradley Wiggins, que este año se está tomando la temporada con mucha más calma, tras haber ganado todo lo que disputaba el año pasado (Paris-Niza, Tour de Romandia, Dauphiné, Tour de Francia y Juegos Olímpicos). Además, por delante tenía a Siutsou que iba directo a ganar la etapa, pese a los ataques de Nibali, que casi nunca encontraba ayuda en sus dos compatriotas italianos.

Cuando quedaban dos kilómetros para meta, atacó Santambroglio y nadie lo siguió. Pero era ya muy tarde para coger a Siutsou, que ganó con tranquilidad. A cuatro segundos entró Santambroglio, otra vez segundo tras un Sky, demostrando que no tiene mayores ambiciones, pese a su sorprendente salto de nivel. Por detrás, a 19 segundos, entraron Nibali y Wiggins, con el inglés dejando que el siciliano cogiera la bonificación y haciéndole un cariñito en meta, al igual que en el pasado Tour. A Wiggins le gusta ejercer de patrón, y va por ahí repartiendo misericordia o chulería, según se comporten sus rivales. No llega al nivel de Armstrong, pero también es cierto que al inglés le llegó la fama tarde y este año ya le han bajado algo los humos en su propio equipo diciéndole que el líder en el Tour será Froome. A él en el fondo le da igual. Ya tiene su Tour y parece una persona más preocupada por su imagen personal que por su carrera deportiva.

El siguiente en llegar fue Pozzovivo a 28, Pirazzi a 34, y la pareja Aru y Dyachenko a 37. Evans se dejó 45 segundos. Baso un minuto y medio. Bouet recuperó el liderato al entrar a 2:23, mientras que el jovencísimo líder demostró no ser otro milagro del nuevo ciclismo entrando con unos lógicos quince minutos y medio de retraso. Eso es lo normal del ciclismo, y no que con 20 o 21 años luches por las mejores carreras del mundo.

De esta manera, Bouet es el nuevo líder y sus mayores amenazas son Wiggins y Nibali, a casi cuatro minutos. También el ganador de la etapa, Siutsou, a 3:19, pero tras su día de gloria lo lógico es que trabaje para su líder. Así funcionan las cosas en Sky. Mañana etapa de media montaña con la subida a Daone a 16 kilómetros de meta. Son cuatro kilómetros, pero el último al 9%, a ver si alguien lo intenta o lo dejan todo para el último día, donde se sube a Sega di Ala, un puerto con 8% de desnivel medio, pero con algún kilómetro al 14%.

Flecha Valona

Comento brevemente la Flecha Valona, una carrera de tercera categoría elevada a acontecimiento por su último kilómetro final, donde se sube el muro de Huy, una cuesta de algo más de un kilómetro con rampas del 16% de desnivel. La única vez que pasó algo en esta carrera antes del muro que fuese digno de mención fue cuando la Gewiss del hematocrito disparado dominó tiránicamente la carrera colocando a tres de sus corredores en el podio: Argentin, Furlan y Berzin, que se escaparon sin oposición alguna a falta de cincuenta kilómetros, y al final Furlan dejó ganar a Argentin con claros aspavientos de desaprobación. Así es la historia de esta carrera, que en sus últimos diez años incluía a corredores de la "categoría" de Astarloza, Rebellin (tres veces), Di Luca, Valverde (el año de la Operación Puerto), Kirchen (retirado del ciclismo por una dolencia del corazón no del todo explicada) o Philippe Gilbert en su año mágico de 2011, en el que ganó en toda carrera que disputó y hasta se permitió atacar en el Tourmalet en el Tour de Francia.

Con este panorama no debe extrañar que ganase un corredor como Dani Moreno, que viene de las catacumbas del ciclismo (estuvo en aquel mítico Relax Fuenlabrada que montó Lissavetzky para los proscritos de la Operación Puerto). La subida fue más emocionante de lo habitual, porque un corredor colombiano, Carlos Betancur, atacó en las primeras rampas, alcanzando una distancia considerable. En el pelotón nadie se movía e imagino que el valón Philippe Gilbert se estaba poniendo nervioso. Es un corredor muy discutible, especialmente por su año mágico, pero al menos es un ciclista que estando bien o mal, tiene voluntad de atacar y de luchar siempre por la victoria. No se esconde nunca, tenga días buenos o malos. Y allí se fue a por Betancur, como si no tuviese a nadie detrás. A su paso salieron Sagan, Valverde, Joaquim Rodriguez y una larga lista de corredores. El belga seguía poseído y terminó dejando a todos sus perseguidores, menos a un sorprendente Dani Moreno, que pocas veces se había visto en una similar. Cuando Gilbert pagó su esfuerzo, Dani Moreno salió a por Betancur sin oposición.

El corredor de Katusha ganó con distancia y tuvo tiempo para celebrarlo. Segundo entró Henao y tercero Betancur, cerrando un podio hispano que nadie habría augurado. Es quizás la victoria más impoortante de Moreno, aunque en 2011 ya había ganado el Giro del Piamonte, una carrera que es mejor que la Flecha Valona, aunque no tiene categoría World Tour, por lo que hay menos competitividad y tiene menos prestigio.

Y eso es la Flecha Valona. Un "mundial" de sprint de montaña, donde el espectador más sensacionalista ve a corredores destrozándose en el asfalto. Pero apenas hay táctica ni su desarrollo difiere de un año para otro. A una carrera así no se le puede llamar clásica. No merece una participación semejante. Entre los cuarenta primeros encontramos nombres como Joaquim Rodriguez, Valverde, Mollema, Sagan, Ulissi, Gilbert, Kreuziger, Hesjedal, Albasini, Urán, Cunego o un anónimo Contador, que vino de mala gana y no se molestó nada en disimularlo. Veremos si tiene la misma actitud en la Lieja-Bastoña-Lieja, que este año tendrá un final algo diferente, ya que la cota de Roche-aux-Facons está en obras y ha sido sustituida por la de Colonster. Será entre Sprimont y Saint-Nicolás. Los favoritos son Gilbert, Valverde, Gerrans y Nibali.

miércoles, 21 de marzo de 2012

La Milan San Remo se queda en Australia


El pasado domingo se celebró la Milán-San Remo, una de las mejores clásicas de la temporada. En España, esta carrera centenaria que tiene en su palmarés a los mejores corredores de la Historia, es siempre despreciada con la excusa de que es una carrera "para sprinters", como si ser el mejor velocista del mundo tuviese menos mérito que ser escalador. En este país nuestro siempre se ha llevado el prototipo de ciclista cabestro que sube puertos por lo civil o por lo criminal (ya me entienden), de ahí que en sus 103 ediciones, solo dos ciclistas españoles hayan conseguido la victoria. El resto ni ha podido soñar con ella. Miguel Poblet ganó dos ediciones y quedó segunda en otra, todo en tres años consecutivos, de 1957 a 1959. Casi medio siglo después, el gran Óscar Freire consiguió una victoria agónica ante Erik Zabel, que alzó los brazos antes de tiempo y el cántabro le adelantó en la línea de meta. Fue 2004 y Freire repitió en 2007 y 2010.

La de 2007 fue la última vez en la que la San Remo acabó en la Via Roma. A partir de 2008, debido a unas obras en la avenida que recibía a los corredores, la clásica termina en el más feo Lungomare Italo Calvino, que parece una calle de aparcamientos de un paseo marítimo. Además, protegido a ambos lados por las banderas, da menos luminosidad a la llegada. Este cambio ha provocado también que el recorrido aumente en cuatro kilómetros, lo que hace que haya más terreno llano desde el final de la bajada del Poggio, la última dificultad antes de afrontar la meta. Quizás para compensar esto, la organización ha introducido una ascensión más en la carrera, antes de afrontar las clásicas subidas a la Cipressa y al Poggio. Se trata de La Manie, situada a más de noventa kilómetros de la llegada.

Pero lo que hace a la Milán-San Remo una de las carreras más importantes del año no es la dureza de su recorrido. Es más bien su tradición, la belleza de su recorrido y la extrema competitividad que tiene todos los años. Quizás en los años 90 se volvió una carrera demasiado controlada por los equipos de los velocistas, pero realmente poco importa. Siempre es una carrera bellísima, recorriendo toda la costa italiana, por carreteras serpenteantes que atraviesan pueblos que parecen fortalezas ante el mar. Disfrutas de la manera más inocente, viendo pasar a los ciclistas, cómo los grupos atraviesan esa geografía privilegiada. La longitud (es la carrera profesional más larga) y la velocidad son otros dos factores fundamentales. Solo los más grandes velocistas pueden triunfar. Aquellos que llegan pletóricos tras trescientos kilómetros rodando a una media superior a los 40 kilómetros por hora, siempre rozando las siete horas encima de la bici.

Para esta edición de 2012 había tres corredores en los que fijarse. El gran favorito, Mark Cavendish, que ganó la San Remo en 2009, en su primera participación. Un velocista nato que se ha adaptado poco a poco a situaciones a priori desfavorables para él. Este año incluso ganó una clásica de pavés exigente como la Kuurne-Brussels-Kuurne. Todos se preguntaban si Cavendish, aquel joven llegador que se quedaba en puertos de tercera categoría, estaba empezando a madurar, para convertirse en un ciclista más completo. Sea cual sea la evolución de Cavendish, quedará para otra ocasión el descubrirlo, ya que el corredor de la Isla de Man se desentendió del triunfo en La Manie, quedándose del pelotón. Es un corredor peculiar que funciona también por motivación. Ha ganado tanto que quizás muchas veces no se exija lo suficiente.

Después estaba Vincenzo Nibali, el corredor italiano que todos los tifossi quieren ver ganando esta carrera. Petacchi y Pozzato, los dos últimos italianos en ganar la prueba hace ya demasiado tiempo, también partían con posibilidades, aunque quizás para ambos han pasado ya sus mejores años. En Nibali, los italianos quieren ver a un Chiapucci o incluso a un Gimondi, que gane la San Remo sin esconderse, atacando en el Poggio y aprovechando la dificultad del descenso para presentarse sólo en el Lungomare Italo Calvino. El equipo de Nibali, el Liquigas, contaba también con Peter Sagan, un velocista excepcional en una gran forma. Sin embargo, la idea del equipo era clara. Hacer una carrera dura para complicárselo a los sprinters y después ataque de Nibali en el Poggio. Estaba todo telegrafiado y así fue. Nibali atacó en la parte final del Poggio y el corredor que mejor lo leyó fue Simon Gerrans, que se pasó toda la ascensión pegado a la rueda del italiano, sin dejarle un metro cuando este aceleró. Era un movimiento cantado, pero solo el australiano reaccionó adecuadamente.

El tercer gran protagonista de la San Remo, el suizo Fabian Cancellara, ganador en 2008 y segundo en 2011, no salió rápido a la rueda de Nibali, pero sí aceleró en las últimas rampas de la mítica ascensión para formar un grupo de tres con los otros escapados. Por detrás, los velocistas que más fuerzas tenían debían organizar la persecución: Sagan, Freire, Van Avermaet, Pozzato o el sorprendente Degenkolb, otro corredor que crece a marchas forzadas. Sin embargo, Liquigas, que también contaba con Oss, se debía a su líder Nibali, en una estrategia peligrosa ya que el siciliano era el peor rodador y peor sprinter de los tres de delante. Así que fue el Katusha de Freire, con Paolini y Florencio quien trató de reducir diferencias.

Pero por delante estaba Fabian Cancellara, la locomotora suiza que empezó su habitual exhibición de fuerza. Gerrans soldado a su rueda le dio apenas un corto relevo. Nibali, que bastante tenía con aguantar esa velocidad vertiginosa en un terreno desfavorable, cerraba el grupo. La táctica de Cancellara no existió. Tiró y tiró hacia adelante como si no llevase compañeros. Igual que en el Tour de Flandes del año pasado. Y como en aquella ocasión, se benefició el más inteligente. Simon Gerrans mantuvo la San Remo en manos australianas con una carrera magistral. Tres esfuerzos le bastaron para conseguir la victoria más grande de su carrera y la más grande a la que un corredor de sus características puede aspirar. Primero, pegarse a la rueda de Nibali en el Poggio, sabiendo perfectamente que el italiano lo iba a intentar. Después, no darle un metro a Cancellara en el descenso. Y por último, calcular el momento de lanzar el sprint, sabiendo que era superior a un Nibali inane en las llegadas y a un Cancellara que iba fundido. Fue una victoria justa y realizada desde la estrategia y la lógica, no una exhibición de fuerza bruta, que es a lo que nos acostumbra el ciclismo reciente.

Segundo fue Cancellara, que entró en meta lamentándose, pero realmente su actuación fue una demostración de fuerza sin control. El año pasado fue capaz de ganar al sprint a gente como Gilbert o Pozzato, siendo solo superado por un especialista fuera de su alcance como Goss, así que quizás con una táctica más conservadora e instando a Nibali y a Gerrans a colaborar, hubiera tenido más fuerzas de cara al final. Pero parece que el suizo prefiere perpetuar su imagen de Espartaco, de gladiador que lucha contra los elementos y contra las injusticias, pero como siga por este camino cada vez tendrá más Hushovds y más Gerrans pegados a su rueda.

Nibali se quedó con el tercer puesto. El siciliano mejora cada año sus prestaciones en esta carrera, pero quizás debería darse cuenta de que la victoria en la clásica está lejos de sus posibilidades. Demasiado liviano para llegar en solitario a San Remo y pocas prestaciones como finalizador para ganar a un compañero de fuga. Su equipo debería apostar por Peter Sagan, que es un ciclista con las características perfectas a esta carrera. Fue cuarto al ganar en el sprint del grupo a Degenkolb, Pozzato y Freire, casi nada. Despejó así la mayor duda que podía presentar sus opciones a ganar la carrera: que su juventud y su falta de fondo no le permitieran llegar con fuerzas al final. Degenkolb, quinto, es otro corredor que sale reforzado. El año pasado ganó el gran premio de Frankfurt y dos etapas en la Dauphiné. Tiene 23 años y podría aspirar a ganar esta carrera que su compatriota Erik Zabel consiguió en cuatro ocasiones. El sexto puesto fue para Pozzato, una carrera en la que siempre lo hace bien. Precisamente el año pasado fue en esta carrera donde inició su cuesta abajo que terminó en la peor temporada de su carrera. Ojalá ahora le sirva para salir del bache y veamos al mejor Pozzato. Séptimo fue Freire, que se despidió de su carrera favorita con un nuevo top ten. Salvo en una ocasión (la de la caída el año pasado), siempre ha hecho entre los diez mejores. Claro que lo que corona esa gran estadística son sus tres triunfos.

Con Freire se va un ciclista excepcional. El mejor corredor español tras Miguel Induráin, y sin duda el que más clase ha atesorado. El cántabro asegura que esta será su última temporada, y creo que está bien que así sea. Se va con un palmarés único, con el respeto de todo el pelotón. Quizás la única mancha sea que en este país con tanta afición a los cabestros que suben al monte, no se le ha dado la suficiente trascendencia. Enamorados de los hijos de Eufemiano Fuentes, España se ha olvidado del ciclista que más y mejor ha ganado. Y hablando de otros ciclistas españoles con mayor publicidad, uno se pregunta dónde narices estaban Alejandro Valverde, José Joaquín Rojas, Samuel Sánchez o Luis León Sánchez. Todos ellos con fama de atacantes, de llegadores, de habilidosos e incluso de clasicómanos. Si la leyenda fuese cierta, San Remo sería su territorio ideal. Especialmente vergonzoso lo de Valverde, que este año había derrotado a Gerrans en dos llegadas. Pero las victorias parciales en el Tour Down Under y París-Niza pronto se las llevará el tiempo, la victoria de Gerrans en la Milán-San Remo permanecerá en el tiempo. Es la diferencia entre el ciclismo donde predomina la fuerza bruta y aquel donde lo importante es la estrategia y la inteligencia. Los primeros quieren ganar sin mirar dónde y los segundos tienen el don de la ubicuidad. Valverde se quedó en casa preparando la residual Volta a Catalunya (donde ha hecho el ridículo, por cierto) mientras veía por televisión como el hombre al que enseñó el dorsal en dos ocasiones entraba en la eternidad.