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El maillot de Education First parece una caja de condones |
Yo
tenía ocho años durante la temporada ciclista de 1994. Fue un año
de muchos cambios en este deporte, más de los que imaginábamos en
aquel momento. O de los que un niño podía pensar. Fue el último
año que la Vuelta a España se celebró en primavera, lo que hizo
que cambiase de forma bastante dramática el calendario ciclista. Al
comienzo del año, Antonio Martín, la joya de la corona del ciclismo
español, salía a entrenar para no volver, asesinado por un camión.
Un suceso trágico que no se me fue jamás de la cabeza. Lo que marcó
la temporada fue el Giro de Italia, aquel donde todos los niños que
nos habíamos aficionado al ciclismo gracias a Miguel Indurain le
vimos doblar la rodilla en una carrera que con el paso de los años
adquirió tintes de legendaria, pese a la pésima realización de
Telecinco, de la que sólo cabe recordar el leitmotiv musical de
Chronologie de Jean-Michel Jarre.
Indurain
luchó aquel Giro como pocas veces le vimos disputar, pero aún así
perdió, contra dos de las peores lacras que dio el ciclismo. Un
corredor y un equipo, e hizo temblar la leyenda de aquel ídolo
navarro que ganaba como se ganaba en los sueños, con un
comportamiento que enseñaba más que cualquier clase de religión o
ética. Indurain era como el rey Salomón, implacable, pero justo;
benévolo, pero recto. Al Tour nos acercamos con nerviosismo, como
imaginando que aparecerían otros ciclistas que romperían con el
mito del gran héroe español. Pero el ciclista de Banesto resolvió
la carrera de forma rotunda en tan sólo dos etapas: la contrarreloj
de Bergerac donde masacró al resto de corredores y, dos días
después, en la cima de Hautacam, la montaña del dopaje, donde hizo
la que posiblemente fue su mayor exhibición en la montaña. Un
monólogo de muchos kilómetros, eliminando rivales según avanzaba
la subida, sólo interrumpido por la victoria final del único que
aguantó su rueda, el francés Luc Leblanc. Hautacam ha sido
escenario de las escenas más vergonzosas del ciclismo. Dos años
después, un danés con el hematocrito disparado humilló al resto de
corredores para llevarse fraudulentamente el Tour, y en 2008, dos
corredores dopados hasta arriba de CERA y del mismo equipo entraban
de la mano, dos días antes de que ellos, con el resto de su equipo,
huyesen de Francia escapando de las autoridades. El día de Indurain
no fue muy diferente, aunque la memoria de la infancia siempre
ennoblece estas cosas, y la categoría del campeón navarro, pese a
todas sus sombras, está muy por encima de la de Bjarne Riis o la de
Leonardo Piepoli. El Tour del 94, que hasta aquel momento estaba
siendo muy divertido, con la siempre atractiva excursión inglesa, el
viaje por el eurotúnel y un nuevo líder casi cada día, quedó
visto para sentencia, con Indurain mirando cual rey Salomón cómo se
repartían el resto de plazas del podio, e incluso del top 5.
Segundo
de aquel Tour fue Piotr Ugrumov, ciclista de 33 años de trayectoria
lagunar, antiguo campeón del Tour del Porvenir cuando los soviéticos
venían con toda la artillería, capaz de lo mejor y de lo peor.
Afincado en Italia, fue conejillo de Indias de una serie de médicos
milagro que vinieron a aplicar sus nuevas formas de entrenamiento y
cuidados al ciclismo, lo que tiempo después unos llamaron
marginal gains y otros solomillo de Irún. Ugrumov corría en el
equipo Gewiss, que nos sonaba porque era el equipo para el que corría
Evgeni Berzin, ganador del Giro y verdugo de Indurain, así que ver a
nuestro ídolo dejando a otro de ese equipo a más de cinco minutos y
casi regalándole el segundo puesto, fue como una especie de
venganza. Tras un Tour discreto rozando el top 10, el letón fue el
mejor de las últimas tres etapas (ganó dos y quedó segundo en
otra) para remontar ¡nueve! minutos a todos los favoritos y hacerse
con la segunda plaza.
Ugrumov
corría, como digo, en el Gewiss. El equipo italiano donde los
líderes eran rusos y letones. Los italianos siempre fueron expertos
en traerse esos “talentos” tras la disolución de la URSS. Así
acabaron por el pelotón azzurro los Tchmil, Konishev, Poulnikov...
lo que quizás fue una contraprestación por los servicios prestados,
ya que durante los años 80 era costumbre que las federaciones
deportivas de los países occidentales mandasen a sus médicos de
cabecera becados a los países del Este para que aprendiesen nuevas
formas de mejora del rendimiento deportivo. Eso fue el espíritu
olímpico de los 90, que los italianos llevaron a la práctica en
Albertville y Lillehammer, y España en Barcelona. El médico de
aquel equipo era Michele Ferrari y convirtió a una serie de
talentos, ciclistas con proyección, estrellas en decadencia y
zopencos sobre dos ruedas en auténticos campeones que dominaron el
año ciclista de cabo a rabo, aunque para un niño español en 1994
todo eso no fuera muy evidente en aquel año, aunque sí recuerdo
aquellas imágenes realmente sorprendentes de una carrera belga donde
tres ciclistas del mismo equipo, aquel Gewiss, volaban en solitario,
con la mirada robótica en el horizonte, inalcanzables para el resto
del pelotón. Era la Flecha Valona, en una de las pocas ediciones
donde no se decidió en la subida final al muro de Huy, sino aquella
misma mañana en el autobús del equipo, o la noche anterior en la
nevera portátil de Michele Ferrari. Cuenta la leyenda, esto es,
David Walsh, que Lance Armstrong participó en aquella carrera y fue
uno de los muchos humillados por la Gewiss. Aquel día salió
completamente derrotado, pero entendió todo lo que tenía que hacer
para triunfar en el ciclismo.
La
Gewiss no sólo ganó uno de los Giros más terribles. No sólo
alcanzó el podio del Tour de Francia tras remontar nueve minutos en
tres etapas. No sólo copó el podio de una clásica belga, tras
rodar tres compañeros juntos los últimos 70 kilómetros de carrera.
Aquel año ganaron también la Milán-Sanremo, la Tirreno-Adriático,
la Lieja-Bastoña-Lieja y el Giro de Lombardía. Furlan, vencedor de
la primera, consiguió siete victorias individuales en poco más de
un mes, para un total de más de treinta de un equipo. Furlan sólo
consiguió tres victorias más en toda su vida (tras conseguir siete
en un mes, insisto), dos en Suiza (ya sabemos cómo trata este país
a los criminales) y la última, atención, redoble de tambores, en
Lugo, en el marco de una mítica Volta a Galicia ganada ni más ni
menos que por Miguel Indurain. La carrera pasó delante de mi casa y
recuerdo la felicidad que sentí al ver tan cerca a mi gran ídolo.
Furlan ganó su última carrera en 1995 en una oscura y pobre ciudad
gallega, mientras su lugar como velocista tirano del equipo era
ocupado por Minali, otro monstruito de Ferrari que se hinchó a ganar
carreras en aquel año, donde la fórmula ganadora de la Gewiss
empezaba a ser la comidilla de los corrillos ciclistas.
Furlan
no era un ciclista desconocido, era un sprinter con muchas victorias,
pero que con su paso por las manos del doctor Michele Ferrari se
convirtió en una máquina de victorias, al menos durante un breve
espacio de tiempo. La luz que brilla con el doble de intensidad dura
la mitad de tiempo, dicen en Blade Runner. Y muchas historias del
ciclismo terminan así, cuando un corredor hace cosas completamente
imposibles, victorias fuera de su alcance y con una continuidad
sencillamente imposible para un ser humano, para al poco tiempo andar
mendigando puestos de honor en carreras de serie Z o directamente
cerrar pelotones, donde algunos se mantienen como mentores o como
camellos. O como las dos cosas, que en el ciclismo de los últimos
años viene siendo casi lo mismo.
Toda
esta historia, además de como exorcización personal y batallitas
ciclistas que nos gustan tanto como las odiamos, sirven para poner en
contexto lo que sucedió este pasado domingo en la provincia de
Flandes, donde un italiano venido de la nada se convirtió en gran
campeón para arrasar en una de las carreras más apreciadas de cada
temporada, el Tour de Flandes. Una de esas carreras que antes de la
dictadura del dopaje sólo parecía al alcance de los grandes
campeones. El dopaje siempre ha sido parte del ciclismo, desde sus
mismos inicios, pero sólo en estos tiempos parece juez y parte de
todas las carreras, porque todo lo que sucede es absolutamente
inverosímil.
Haciendo
un poco más de historia, recuerdo el Tour de Flandes de 2011.
Aquella edición se recuerda por muchas cosas. Por el ataque de
Fabian Cancellara a 40 de meta y su posterior pájara. Por la
victoria sorprendente de Nick Nuyens. Pero yo recuerdo también el
brutal ataque de Philippe Gilbert en el Bosberg que dejó al resto de
corredores completamente secos. Gilbert corona sólo el Bosberg, a
diez de meta, y parece que puede ganar. El belga siempre había sido
un corredor de atacar mucho y ganar poco, aunque en aquel 2011 todo
iba a cambiar unas semanas después. Un corredor que gustaba a todo
el mundo. Con una ventaja de bastantes segundos, Gilbert estaba cerca
de meta con una pequeña distancia, pero con la posibilidad de
llegar. Pero al poco, el ciclista valón se frena y decide esperar a
sus perseguidores, que tampoco estaban perfectamente organizados en
su caza. Quizás una mala decisión por su parte, ya que luego en
meta sólo pudo ser octavo, y para eso mejor morir en el intento.
Pero aquel ataque de Gilbert fue de los más brutales que recuerdo yo
en el Tour de Flandes. Es cierto que está el de Cancellara con el
motor (dadle a motor sentido figurado o no, según vuestras
convicciones) en el Kapelmuur, pero incluso aquel yo no lo definiría
como brutal. Entre que fue sentado y que Cancellara hizo en más
ocasiones ese tipo de arrancadas, es algo que podría entrar dentro
de la maltratada lógica del ciclismo. Lo de Gilbert fue realmente
sorprendente. Por mucho que fuese un ciclista extraordinario, verle
rodar así en los adoquines de Flandes, acabando con el resto de
corredores fue algo que no esperaba.
Aquel
ataque de Gilbert fue lo más bruto que recuerdo haber visto yo en el
Tour de Flandes. Hasta este domingo. Con la diferencia de que aquel
ataque del Bosberg lo hacía un corredor que tenía en su palmarés
dos Giros de Lombardía, dos París-Tours, dos Het Volk, dos Giros
del Piamonte y una Amstel Gold Race. Es decir, que si se hubiese
quedado muerto ahí mismo en el Bosberg a lo Tom Simpson ya tenía
palmarés y credenciales suficientes para ser considerado uno de los
mejores ciclistas de lo que llevabamos del siglo XXI. El ataque
perpetrado en el Oude Kwaremont que recuerda a aquel de Gilbert
corrió a cargo de Alberto Bettiol, un italiano de 25 años sin
victorias profesionales cuyo mejor resultado era un podio en la
Vuelta a Polonia, esa carrera donde van los jóvenes talentos de los
equipos a foguearse y donde se han lucido en edad temprana corredores
como Sagan, Dan Martin o Moreno Moser, Moreno quizás por Argentin y
Moser por esa familia de mal recuerdo para todo el ciclismo. Un
nombre y un apellido que explican la trayectoria profesional que ha
tenido.
Es
cierto que el nombre de Bettiol sonaba. Que decían que era muy
bueno, que había futuro, que aquí y allá había cosas que daban
para ciclista de cierta entidad. Pero en cinco años no había
conseguido nada, y sus resultados son equiparables a los de Joe
Dombrowski o Sven Erik Bystrom, dos corredores que prometían mucho y
que se han quedado en unos de tantos ciclistas. Es cierto que Bettiol
tuvo una lesión muy grave. Y es cierto que nunca es tarde para
explotar y para ganar una gran carrera. Pero no así. En el ciclismo,
esto significa una cosa, y sólo una cosa. Y es revivir el fantasma
de los Bobrik, Minali, Colombo, Furlan... Con la diferencia de que
todos ellos habían conseguido mejores credenciales que Bettiol antes
de su primera gran victoria. Es decir, que ni el ejemplo del Gewiss
vale para este corredor. Porque además, puedes ganar, como ganó
Nuyens, incluso como ganó Devolder, apoyándose en muchas cosas,
pero también en un equipo que bloqueó la carrera, pero no así.
Bettiol ganó a lo Bjarne Riis en Hautacam. Pasaban los 250
kilómetros de carrera. Atrás se habían quedado completamente
vacíos el campeón de hace dos años Philippe Gilbert, que parece
aceptar la edad que tiene con resignación (no como Valverde), y su
compañero Zdenek Stybar, quizás el máximo favorito tras ganar los
dos test previos más importantes para De Ronde, la Omloop y
Harelbeke. Se había quedado el gran talento danés Magnus Cort
Nielsen, en pleno llano y con las piernas rotas. Sagan parecía que
hacía la goma. A Greg van Avermaet le pesaban las piernas. Insisto,
doscientos cincuenta kilómetros de carrera. Ahí apareció Alberto
Bettiol, 25 años, ninguna victoria como profesional, ningún
resultado entre los veinte primeros en ningún monumento. En ese
momento apareció ese joven italiano que prometía cosas, como Ivan
García Cortina, vigesimocuarto final; como Matej Mohoric,
cuadragésimo primero.
Apareció
Alberto Bettiol, que seguramente jamás haya hecho un ataque por la
victoria de una carrera por encima de los doscientos kilómetros. Y
en el día más señalado de este deporte, con un cientos de
flamencos borrachos jaleando y ante un triple campeón del mundo,
ante el actual arcoiris, ante el mejor corredor flamenco del último
lustro, ante un ex-campeón de Flandes y Sanremo y el actual vencedor
de la Lieja, en ese increíble momento de máxima tensión, de que
sólo por estar en ese escenario y rodeado de semejantes estrellas
del ciclismo, no le temblaron las piernas, sino que metió el ataque
más agresivo que se recuerda en el Tour de Flandes y ante el que
nadie, absolutamente nadie, pudo reaccionar. Imposible. Salió
disparado como un cohete y no dudó en los menos de veinte kilómetros
que quedaban hasta la meta. No le temblaron las piernas, no miró para atrás. Un chico de 25 años, sin victorias ni resultados, en el día más importante de su vida, no tuvo ninguna duda de dónde atacar. Lo hizo con una contundencia salvaje, como si lo hiciera en cada carrera, como si llevase diez años haciéndolo.
Llegó
a meta esprintando y realizando gestos desafiantes a la cámara.
Después de 270 kilómetros. Después de 18 kilómetros en solitario,
donde Philippe Gilbert, cuatro monumentos y una decena de grandes
clásicas, no había aguantando diez, y sin tener el Paterberg por el
medio, que Bettiol pulverizó sin merma alguna para su rendimiento.
Apenas hizo gestos de cansancio, sino que encima se acercó a hablar
al micrófono de un periodista italiano para seguir con su actitud
macarra, mientras el segundo Kasper Asgreen, un danés que corría el
monumento por primera vez, se cruzaba encima de su bicicleta
intentando recuperar el aliento. La carrera de Asgreen fue realmente
sorprendente (en ciclismo el adjetivo sorprendente tiene tanto
connotaciones tanto positivas como negativas), pero al lado de lo de
Bettiol parece innecesario detenerse en este rendimiento. ¿Si
hubiese ganado Kasper Asgreen de la forma que lo hizo Alberto Bettiol
qué hubieran dicho todos los que no ven nada raro en el desenlace de
esta carrera? ¿Quién tendría que haber ganado “a lo Bettiol”
para que sembrasen alguna duda en su cabeza? ¿Lluís Mas,
antepenúltimo ayer? Quizás hubiesen dicho qué coraje tiene o que
Mas sacó todo lo que tiene dentro en el día más importante. Porque
cuando entras en la dinámica de cerrar los ojos y justificar todo,
todo vale. Nos achacarán lo mismo a los que dudamos, pero poner al
mismo nivel la fe ciega y la duda razonable, me parece tan demencial
como defender al vencedor de esta carrera.
Un
29 de octubre de 1993 nacía Alberto Bettiol. La temporada ciclista
había llegado a su fin unos días antes en su cierre tradicional en
Montjuic. Maurizio Fondriest ganaba los dos sectores y la general,
por delante de Claudio Chiappucci. El ciclismo había cambiado en
1991, cuando un grupo de jóvenes ciclistas de gran proyección
habían hundido al gran Greg LeMond en un Tour de Francia al que el
americano llegaba en el mejor momento de su vida deportiva. Volvería
a cambiar en 1994 cuando un médico italiano volvió a alterar el
status quo del ciclismo, con la colaboración de una serie de
corredores que aceptaron lo que les proponía, contra su salud y su
dignidad. Desde entonces ha cambiado muchas veces, y el giro de guión
ha llegado siempre de la misma manera: cuando un ciclista que no se
sabe muy bien de dónde viene y que nunca ha obtenido resultados de
alcance, destroza una carrera y la domina por completo. Y esta
historia ha seguido siempre, siempre, siempre el mismo guión.
Bienvenidos
de nuevo al año 1994. ¿Y si vuelve la Volta a Galicia?
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